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  • Llovía, era invierno y no era de extrañar que en la ciudad hiciera frio, pero que mucho frio, era 15 de enero. Las rebajas ya habían empezado, las fiestas familiares ya habían pasado. Pero igual, por la ventana se sentía un murmullo de gente que pasaba por debajo de su balcón. Era algo normal teniendo en cuanta donde vivía y que su salón daba a ese callejón que retumbaba todo.

    Era de noche. Tocaron el timbre y refunfuño al levantarse del sofá. Ver los leños quemándose en la chimenea la habían adormecido y le molestó que llamaran. Se extrañó, era su amiga Dolores. Le dijo que subiera y se puso las pantuflas que habían quedado junto al sofá.

    Ni intentó ponerse algo de ropa más decente. Era una buena amiga, y que importaba si la recibía de pijama con jersey. Pero no subió sola. Lo hizo con un amigo, un conocido para ella. Pero ya era tarde, conocería su pijama de ositos, también él. Ella pensó, “joder, menuda manera de recibir a este tío”.

    Les hizo pasar, preguntando que tal estaban y pidiendo disculpas a la vez por su atuendo. Su amiga entro sonriente y cuando cerró la puerta le puso en sus manos una caja de zapatos que se movía, diciéndole “cuidado”.

    Ella se sorprendió por el peso, apoyo la caja en la mesa más cercana y le saco la tapa. En ella se encontró con una mirada asustada que la veía como pidiéndole ayuda para salir. Lo primero que atinó fue a agarrarlo con las dos manos para verlo bien.
    Pero si es un perro, dijo.

    Su amiga y el conocido, sonreían. Su amiga agregó, “pues si lo quieres es tuyo. Tu no querías un perro?”

    Ella ya lo tenía en sus brazos dándole calorcito, temblaba de frio aunque posiblemente fuera de miedo. Acto siguiente preguntó, “de donde ha salido?”
    -Nació en una nave industrial de un cliente. Fueron 4 cachorros. No le veo mucho futuro si le dejaba ahí, y pensé en ti. Le quieres?

    Quien le podía decir que no? La suerte estaba echada, ya eran dos en uno. Fue amor a primera vista y aun no había ni pisado el suelo del salón. Cuando lo hizo, se acercó con sus patitas cortas a la alfombra y se la meo. Ella sonrío y dijo “bienvenido a casa pequeño”. No se enfadó, para que, ya había marcado su territorio.

    En ese instante estaba escuchando una ópera de Puccini. Cuando le preguntaron cómo lo llamaría, lo primero que pensó al escuchar la música fue “Puccini”. Pero si dio cuenta que le llamarían “Pucci”, así que dijo que tal “Verdi” como su otro compositor favorito.

    A todos les gustó y pareció que al cachorro también, porque cuando le preguntaron “y a ti que te parece pequeño”, la miró moviendo la cola, como asintiendo.

    Pasaron los años, y se le llamó de otras muchas maneras, como gordo culón, cabezón, perrito pequeño, cuchi cuchi, chiquitín, etc. Pero la que más le gustaba a ella era decirle, “perrito grande”.
    Porque siempre fue un gran perro en un cuerpo de un perro pequeño.
    Porque vendrían otros, más pequeños o más grandes, pero él seria siempre su “perrito grande” o “súper Verdi “para los amigos.
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