Forgot your password?

We just sent you an email, containing instructions for how to reset your password.

Sign in

  • Una biblioteca pública sita en la calle “Page” de San Francisco sólo podía ser un buen lugar para ir a trabajar.

    Sentada en mi mesa –la primera a la izquierda, la más cercana a la puerta de salida- de vez en cuando levantaba la mirada y echaba un vistazo, a ver qué se cocía por allí.

    Muchas cosas, allí se cocían muchas cosas, pero casi todas en silencio. O si acaso, en voz terciopelo.

    Madres con hijos en carrito tomaban un misterioso ascensor que llevaba a la calle pasando por la biblioteca; ancianos barbudos leían la prensa en ordenadores de penúltima generación y algunos chicos salidos de la escuela venían a disfrutar del wifi gratuito y otros placeres públicos.

    De todos los visitantes, mis favoritos eran los que entraban cuando el sol de la tarde caía sobre la pantalla de mi ordenador.

    Llegaban envueltos en pelo. Y no hablo de pieles. Si les mirabas al entrar, te sonreían más tiempo del que aguanta la mirada. Luego seguían adelante, hasta la zona donde se almacenaban libros de Pompeya, algunos clásicos y un puñado de manuales sobre la Segunda Guerra Mundial. Aquello resultaba un ambiente un tanto bélico para una gente que parecía más bien pacífica, pero se les veía a gusto en el rincón.

    La mayoría eran sin techo, jóvenes que pasaban la noche en sacos de dormir escondidos en el Parque del Golden Gate. De día, algunos elegían la biblioteca para abrigarse públicamente del frío que da vivir en la calle.

    Una tarde apuré hasta la hora del cierre.

    Me levanté, caminé hacia el fondo de la biblioteca y, al girar la cabeza disimuladamente, vi que estaban terminando una partida de Scrabble.
    • Share

    Connected stories:

About

Collections let you gather your favorite stories into shareable groups.

To collect stories, please become a Citizen.

    Copy and paste this embed code into your web page:

    px wide
    px tall
    Send this story to a friend:
    Would you like to send another?

      To retell stories, please .

        Sprouting stories lets you respond with a story of your own — like telling stories ’round a campfire.

        To sprout stories, please .

            Better browser, please.

            To view Cowbird, please use the latest version of Chrome, Safari, Firefox, Opera, or Internet Explorer.