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  • En aquellos años, recuerdo que me negaba a considerar que formase parte de la mayoría de los hombres, o que al menos no era como muchos de ellos. Todavía era joven y lo suficientemente iluso como para pensar que podía superar las raíces de la condición humana, que creía demasiado hundidas en la familia, el matrimonio y la tradición. Así que esquivando esos peligros que parecían inminentes, fui de un lado para otro, leyendo poesías y conspirando para alumbrar mi propio camino.

    Por eso, al escuchar y escribir historias, como empecé a hacer entonces, suponía que una vida debía moldearse siempre. E incluso que podría ser controlada a través de las cosas que uno decía y realizaba. De lo que no me percaté nunca es del modo tan poderoso que utilizan nuestras vivencias para hacerse notar. Porque se hunden en memoria y en la consciencia, en todos los lugares y en cualquier tiempo.

    Si quería contar cuentos de mí mismo en los que era un caballero valiente, eso ocurría, y tal vez algo de verdad personal habría en ello. Soñaba que era así. Pero aquellas historias que contaba, finalmente no moldearon tanto mi vida, sino todo lo contrario. Seguramente por ese motivo tardé en comprender que la vida viene y te atrapa sin más. Y que esa corriente termina por llevarse todos tus primeros cuentos, sin apenas dejar una huella, y te conduce hasta el gran océano de la mitología individual y errante.

    Actualmente, casi veinte años después de llegar a los cuentos del mundo, ya no queda ni rastro de aquel caballero valiente, ni tampoco del poeta que me diferenciaba en la juventud. Ahora, como dijo Joseph Campbell, estoy en una habitación que se hizo de libros. Y soy, como escribió Anne Valley-Fox, un hombre más, al lado de mi familia, entre los amigos y la gente que conozco, viajando juntos y a cierta distancia a lo largo de un interminable sendero cósmico...
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