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  • La felicidad no es algo que pasa. No es el resultado de buena suerte o coincidencias aleatorias. No es algo que el dinero puede comprar o que el poder pueda controlar. No depende de eventos externos, sino, mas bien, en cómo los interpretamos.
    La felicidad, de hecho, es una condición que debe ser preparada, cultivada, y defendida privadamente por cada persona. La gente que aprende a controlar sus experiencias internas podrán determinar la calidad de sus vidas, que es lo más cercano que podemos llegar a ser felices.

    Todos experimentamos momentos cuando, en vez de ser llevado por fuerzas anónimas, sentimos que tenemos control de nuestras acciones, que somos maestros de nuestro destino. En las raras ocasiones que eso pasa, sentimos regocijo.

    Hay dos estrategias que pueden adoptarse para mejorar la calidad de vida. La primera es intentar hacer que las condiciones externas se ajusten a nuestras metas. La segunda es cambiar cómo experimentamos las condiciones externas para que calcen mejor con nuestras metas.
    La entropía es el estado normal de la consciencia, una condición que no es útil ni agradable.
    Aquellos que buscan consolación en iglesias usualmente pagan por su paz mental con un acuerdo tácito de ignorar una gran parte de lo que se conoce de cómo el mundo funciona.
    Mientras respondamos predeciblemente a lo que se siente y está condicionado socialmente como bien o mal, es fácil para otros explotar nuestras preferencias para sus propios fines.

    La represión no es el camino a la virtud. Cuando la gente se restringe por miedo, sus vidas son inevitablemente disminuidas. El placer es un componente importante de la calidad de vida, pero por sí mismo no trae felicidad. El placer ayuda a mantener el orden, pero por sí solo no puede crear un nuevo orden de consciencia.

    Sólo a través de la disciplina escogida libremente puede la vida ser disfrutada y aún así mantenida dentro de las barreras de la razón.
    La solución es gradualmente volverse libre de la gratificación social y aprender a sustituirla con premios que estén bajo los poderes de uno mismo. Esto no quiere decir que tengamos que abandonar cada meta promovida por la sociedad; en vez de eso, quiere decir que, además de o en vez de depender de las metas que otros usan para chantajearnos, desarrollemos un conjunto para nosotros mismos.

    Una persona que renuncia al uso de sus habilidades simbólicas nunca será realmente libre. Es por eso que una vida amena es una creación individual que no puede copiarse de una receta. Llegar a ésto no es fácil, decidir puede a veces ser amargo, o doloroso.
    Muchas personas trabajan en un yo, que es un avance considerable a quienes viven en el flujo de la corriente.
    De éstas, sólo las más inteligentes realmente buscan un balance en su yo interno.
    Un yo que sólo está diferenciado, no integrado, puede lograr grandes logros individuales, pero se arriesga a estar sumido en la auto idolatría egoísta, un egoísmo no racional. De la misma forma, una persona cuyo yo está basado exclusivamente en la integración estará bien conectada y segura, pero carecerá de individualidad autónoma, corriendo el riesgo de ser una oveja o un parásito de la sociedad. Sólo una persona que invierte iguales cantidades de energía psíquica en estos dos procesos y evita ser egoísta y conformista tiene un yo con probabilidad de reflejar complejidad.

    Tenemos que encontrar cómo expresar lo que nos mueve, ir explorando y cumpliendo logros para encontrar nuestro elemento.
    Estos elementos, si logramos encontrarlos en nosotros mismos, nos llevan a estar en esa zona mental de estar completamente involucrados en una actividad cuyo fin es la actividad misma. El ego desaparece. El tiempo vuela. Cada acción, cada movimiento y pensamiento fluye inevitablemente del anterior, como tocar jazz.
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