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  • Cuando estaba en grado décimo en el colegio, a mi profesor de inglés se le ocurrió la idea de contactar una agencia de amigos por correspondencia para practicar nuestra escritura. Estudiar inglés en un pueblo como Garagoa resultaba un poco sin sentido, pues el contacto que teníamos con el mundo exterior se reducía a la televisión y al teléfono. En mi casa no había TV por cable y un computador era un lujo que costaba una cifra descalabrada de dinero. Era 1996 y las cartas que llegaban de Venezuela de mi tío Heriberto constituían el único contacto con algún país en el exterior. Así que la idea de tener amigos por correspondencia me entusiasmó a tal punto que llené muchos formularios y pedí direcciones de estudiantes de secundaria de muchas partes del mundo que sólo existían en el viejo Atlas de mi mamá. Llenar esos formularios en inglés no era difícil. Tenían vocabulario que me sabía de memoria y que mis compañeras de curso habían ignorado por completo. Por eso me convertí en la asistente de correspondencia de toda la clase. En menos de tres meses estaba traduciéndoles las cartas a mis compañeras que apenas entendían su nombre escrito en los sobres. Les traducía también las respuestas e incluso, les corregía las cartas a un estilo que yo creía era un poco más elaborado. Con mucho más ahínco, yo escribía cartas a las direcciones que me enviaba la agencia pero los días pasaban y no obtenía respuesta. Pasaron los meses, se acabó el año escolar y nadie me escribió. Empezamos el último año en el colegio y yo estaba ocupada estudiando los sábados en un curso preparatorio para el examen de Estado ICFES, trabajando con un grupo de estudiantes para recoger fondos para ir a San Andrés y en ensayos de porristas. Me olvidé del asunto y de cuando en cuando le traducía las cartas a alguna u otra compañera que había logrado mantener correspondencia luego de un año.

    Pasaron los meses y el cartero sólo traía las cartas de mi tío Heriberto y ahora, las revistas de moda de mi mamá. Yo había dejado de preguntarle si traía algo en otro idioma para mí y la que preguntaba era mi mamá, por si acaso. Pero un día cualquiera en Octubre, mi mamá le preguntó al cartero que le traía a ella. Pero el cartero con una sonrisa de oreja a oreja le dijo que para ella no traía nada. ¿Y entonces? le preguntó curiosa. Para su hija sí, mire. Pero no está en inglés. Viene de España. Mi mamá saltó de la dicha y cuando llegué de entrenar, no me dejó ni saludarla cuando me gritó: ¡A que no adivina, Carolina! Pues no, Má. ¿Qué fue? Y me mostró la carta emocionadísima y pidiéndome expresamente que la leyera en voz alta a la hora de la cena. Era un todo un acontecimiento en casa. Mientras mamá servía la cena en la cocina, leí en voz alta y todos nos enteramos de la existencia de Almería, una ciudad puerto en Andalucía, España.

    La chica que me escribía era de mi edad y también estaba en el último año de la secundaria. Compartíamos muchas cosas en común y pronto empezamos una copiosa correspondencia a pesar de la ineficiencia del sistema de correos colombiano. Al siguiente año de terminar mi secundaria, comencé a estudiar en la universidad en Bogotá. Ana María me escribió religiosamente a 4 direcciones diferentes durante 10 años más o menos. A través de cartas ella me contó de su vida, su familia, sus amigos, y también me invitó a su boda. La posibilidad de conocerla personalmente era un poco remota, pues en ese entonces, aún no me había graduado y no tenía un trabajo estable.

    En el 2007, tuve la oportunidad de viajar a Inglaterra como asistente de español. Me quedé en Liverpool por dos años y conocí otras españolas adorables que me invitaron a España, más exactamente a Andalucía. Obviamente le escribí a Ana María contándole que estaba mucho más cerca. Ya llevábamos más de un año sin escribirnos y ella había perdido mi rastro. Ella contestó inmediatamente y me sorprendió con la noticia de que era mamá. Era impresionante ver cómo habíamos crecido y cómo nos habíamos contado la vida por carta. Tenía que conocerla. Tenía que ir a España y ver con mis propios ojos lo que ella me había me había descrito con sus palabras.
    Al final de mi estadía en Inglaterra, organicé mi viaje a España. La idea era empezar en Barcelona, y bajar a Andalucía por toda la costa mediterránea hasta llegar a Almería. Aunque mi plan cambió un poco por el camino, sí visité Barcelona, Jerez de la Frontera, Sevilla, Madrid y Lucainea de las Torres gracias a mis amigas españolas. Y por supuesto Almería. Llegué a casa de Ana María en la nochecita. Tengo el recuerdo claro de la temperatura fresca de la terraza de su piso y de la imagen de ella como en las fotos pero adulta. Era como estar haciendo una actualización de mi disco duro en cuestión de segundos.
    Al siguiente día fuimos a una playa tranquila que si mal no recuerdo se llama Carbonera y luego subimos a Mesa Roldán. Un lugar súper estratégico que tiene una vista de 360 grados: podíamos ver el parque natural Cabo de Gata, las desérticas montañas que lo rodean, el mar Mediterráneo y Argelia en el horizonte. Una de las primeras cosas que Ana María me había enviado era una postal de la Alcazaba. También es, creo, después de la Alhambra, una de las construcciones más representativas de la arquitectura árabe en Andalucía. Así que por supuesto, Ana María me llevó y para llegar teníamos que atravesar un barrio lleno de gitanos. Yo estaba feliz porque había escuchado mucho flamenco y sabía que Tomatito, uno de los guitarristas flamencos más famosos, había nacido y crecido allí. Por eso quería ir a buscar ese lugar. Ana María muy pacientemente me explicó que ese barrio era inseguro para quien no era gitano. Así que me conformé con escudriñarlo desde las ventanas de la Alcazaba. Desde lo alto de una torre podía incluso escuchar la música a todo volumen de las calles aledañas. Por eso y por la apariencia de las casas, se me ocurrió que este barrio se parecía a alguna comuna en Medellín o algún barrio de Ciudad Bolívar en Bogotá.

    Al siguiente día fuimos a Huécija, un pequeño pueblo a menos de una hora de Almería. Creo que uno de los padres de Ana son de allá y por eso fuimos. Habían fiestas patronales y yo quería ver cuáles eran las diferencias entre las fiestas de ese pueblo y las de Garagoa. Luego de tres días, pude ver que no habían muchas. Las costumbres católicas eran exactamente las mismas, al igual que la fiesta después de la misa y la reunión de las familias Era claro cómo las costumbres y el modo de celebrar había sido exportado con éxito a las Américas. Al volver a Almería, Ana también me presentó a sus amigas: ella me decía sus nombres y en mi cabeza yo empezaba a recordar las historias de cada una, contadas por Ana, y le iba poniendo caras a cada nombre. Era seguir actualizando mi disco duro sin parar.

    Todo esto sucedió en menos de una semana y en ese momento, Internet ya había tomado mucha fuerza. Ana estaba aprendiendo a chatear por Messenger y a revisar su e-mail diariamente. A la hora de mi partida, nos prometimos escribir a nuestros correos electrónicos, pero eso no sucedió mas que un par de veces. Luego Ana me añadió a Facebook y a veces veo fotos de sus hijos. Son dos ahora. Ella acaba de tener una hermosa bebé y me enteré gracias a las fotos que ella publicó en su muro. No es lo mismo. Con las cartas de papel, había una magia especial cuando ella me contaba noticias de su vida de su propio puño y letra. Eso nos mantenía conectadas a pesar de que las cartas no llegaban inmediatamente. Creo que Facebook ha cambiado el modo en que interactuábamos y también nosotras hemos crecido. Las prioridades en nuestras vidas han cambiado. Lo que no cambia es que a pesar de no haber recibido ninguna carta en inglés en el colegio, tuve la bendición de mantener correspondencia con una persona increíblemente humana y generosa. Así que debo agradecerle a Dios y a Ana misma el haberme permitido verla crecer por carta, el haberme recibido en su casa y también el haberme mostrado su país de una manera tan real y fiel a su propia experiencia.
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