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  • En dos semanas la princesa nunca se había percatado de la piedra redonda, aunque parecía tener tiempo ahí.
    Es sólo una piedra común y silvestre, pensó. Vio los detalles de su faz. Proclamaban fuerza, pero a la vez, la irrelevancia de sus lujos. Sintió miedo y fragilidad. Se inclinó hacia atrás cerrando los ojos. Se dio cuenta del contraste. Pensó en todas las joyas preciosas que en algún momento había negado. Y aquí estaba, viendo una roca. Se sentía rota, no por una joya que admiraba, sino por una piedra que aborrecía.

    Un día, ella esperó el momento en el cual la piedra fue alcanzada por la luz de la tarde. Quería ver de cerca el claroscuro de sus grietas, el contraste entre granito y suelo, el temple que la hacía dudar de la fuerza cósmica que la había dejado ahí.

    Ella vio a la piedra mirándola. Ella sintió un pequeño toque de diversión, que le dijo que no quería que la miren.
    Ella viró la cabeza, bajó los ojos, miró otro lado como haciendo tiempo y luego volvió a enfocarse en el guijarro.
    Una rana se había posado encima de la piedra. Ella se rió para que la oyeran.
    Ella viró nuevamente la cara cuando vio como la piedra la miraba inexpresiva.
    Sintió un vacío en su estómago.
    Ella se retiró a su cuarto a dormir. Suspiró bajo la excusa de la distancia.
    Sabía que no iba a ir mas al patio.

    Ella fue al patio. No había dormido en toda la noche. Ella sabía que su entendimiento era demasiado íntimo, porque nunca habían hablado. Lo destruyó diciendo tajantemente y sin sentimiento: "¿Por qué me miras?".

    Por una fracción de segundo ella sintió el temor enorme de que a la piedra no le importe responder.
    Pero respondió. Y respondió diciendo: "Por la misma razón que tu me has estado mirando a mí".
    Ella sonrió y la levantó del piso. La piedra, sacudiéndose el polvo acumulado de años, sonrío de vuelta.
    La piedra, luego de mucho tiempo, volvió a latir.
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