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  • No es una de esas cosas que suceden una vez en la vida (tranquilas, la pérdida de la virginidad, como consecuencia de los últimos avances quirúrgicos, tampoco…), y menos aún a cualquiera (… si tienes dinero), pero en ocasiones, justo a unos pocos metros, un agujero se abre sobre el suelo, a escasos tres centímetros y medio de él y ves como toda la mierda enterrada en este mundo florece a borbotones y tras inclinarse con decoro en una reverencia te pide barrioaltaneramente un cigarrillo. Es aconsejable estar preparado, para eso, por si acaso:

    Dicen de las drogas que destruyen la creatividad, esperando que las prisas no produjeran ese mismo y devastador efecto sobre la susodicha putita de toda condición artística recordé que en unas tres horas (03:00) debía entregar el relato, cuyo cobro anticipado me había dado de comer durante las últimas dos semanas, a mi editor, así, de súbito.

    Sería aconsejable añadir, para entender cuanto sigue, que recordar de súbito me gusta… lo justo.

    Sí, claro; la idea de teclear palabras, una detrás de la otra, se me antojaba tan sugerente en aquel momento como en cualquier otro de los que conformaron los últimos dos años, en los que había escrito apenas cuatro frases, la última peor que la penúltima y de ese modo, sucesivamente, hasta la primera… pero el previo pago, por contrato, y la mísera transacción percibida, por dignidad (sí, sí, personal), pueden resultar un tándem difícil de ignorar.

    Mi encargo iba a acompañar a otros tantos en una de esas antologías industriales y por ello que la acción de lo redactado sucediera, de noche, en el interior de una biblioteca era conditio sine qua non

    Dios testificará (tras probar científicamente su omnipresencia), de ser citado, a mi favor, que aposté, como sólo sería capaz un esquizofrénico, hasta el límite de lo posible física y mentalmente durante unos buenos, intensos e irrepetibles diez minutos (00:10:00). Frente al teclado, sin más armas que mis manos y sus maltrechas articulaciones. No lo intentéis en casa, niños. Y es que, a veces, uno se juega la vida en empresas que cuestionan que sólo somos una especie animal más y jamás llega nadie con medallas, ni drogas, ni siquiera un par de míseras y complacientes adolescentes.

    Media hora (os ahorro la suma: 00:40:00) y cinco cigarrillos más tarde me repetí a mi mismo aquella frase que debiera haber convertido a mi abuelo en una celebración: “Si grita no te asustes.” No era esa. Lo lamento, cuando rebusco en el archivo de frases de mi abuelo, siempre aparece esa primero, he deducido que es una especie de consigna, o la llave. “Un hombre tiene que hacer aquello que un hombre tiene que hacer.” Esa, sí. Me calcé las deportivas, los bombachos, una camiseta con cuello de cisne, el tres cuartos de lana de oveja criolla (reíros cuanto queráis, me trae sin cuidado.) y tras cepillarme los dientes y la lengua con ahínco (00:00:05) salí corriendo, con desesperación (y un conjuntito improvisado de Domingo), hacia la biblioteca, que benditas señales, quedaba a dos vueltas de esquina de casa, en la fachada opuesta. Llegué hasta la misma puerta en once segundos (00:45:11) y aquello se parecía bastante más a cualquier otra puerta de biblioteca que a la del Valhalla que había perseguido. Eran las 3:10 a.m. Aún así probé, nunca sabe uno. Estaba cerrada.

    En ocasiones dudo acerca del origen de algunas de las ideas que surfean mi actividad cerebral diaria. No creo que, dadas las prisas, deba entretenerme con eso. Prosigamos con los hechos determinantes. Encendí un cigarrillo (00:06:00), me rasqué las pelotas (00:01:00, no acostumbro) (es cierto) y… escribí mentalmente un guión, de lo más trillado, de 15 minutos de duración en pantalla, sobre mi futuro más inmediato. Me puse a ello, todo dependía de una portezuela de 50x50 cms. que debía encontrar en la esquina norte del tejado de la biblioteca (en el guión estaba allí), portezuela que daba a su interior.

    En los 15 minutos (01:00:11) previstos previamente llegué, de una forma más o menos elegante (más menos que más) frente a la jodida portezuela. Sí, fue allí donde empezó todo. Estaba donde supuse. Primero en mi imaginación y ahora allí. Era la misma. Deduje que estaría abierta y temí ver abajo lo que vi tras abrirla. Todo sucedía tal y como lo había imaginado. Para una persona poco agraciada físicamente la sensación que produjo semejante sobredosis de prestidigitación era relativamente novedosa y absolutamente desconcertante (00:00:30). Y sí, fue allí, y entonces, donde y cuando ella apareció y mi guión y, siguiéndole de cerca, el sentido de la vida y la realidad que me había costado 34 años desarrollar, se fueron a la mierda en la mitad de lo que duró mi parpadeo. Y no soy de parpadeo lento.
    Unos 70kg de la mejor carne de un mercado que no puede existir salvo en el plano dimensional de lo irreal repartidos a lo largo de dos metros de perfección anatómica permanecían de pie, erguidos, esbeltos, amenazantes, a mi espalda. Yo seguía de cuclillas. A veces ocurre.

    —Hola. —Susurró.
    —Hola. —Respondí al instante. Con naturalidad. Escondiendo, con aparente éxito, cualquier resquicio de sorpresa. He visto mucho cine barato.
    —Espero que no supieras que ibas a encontrarme aquí y ahora, en este aquí y ahora, o eso supondría que toda la humanidad habrá muerto en vano.

    He de reconocer que aquella primera frase comparada con el típico “tú no eres de por aquí” ofrecía un número combinatorio de posibilidades inconmensurable.

    —Bueno, nena, llevo esperándote desde que mi madre se acercó a mí y me susurró, señalando: “Mira, imbécil, eso es una niña”. Pero ahora que lo preguntas…
    —¡Cállate! —Gritó. Su voz, a ese volumen no se parecía a ninguna otra, a ningún sonido que hubiera escuchado con anterioridad. —No tenemos mucho tiempo. Resumiré: Me llamo Jessica, aunque tú decidirás llamarme Trinity, desconozco el motivo, siempre te negaste a explicármelo. Vengo del futuro, creo que lo llamáis así, si no confundo vuestro actual nivel de desarrollo de la cuántica. De un posible plano futuro. De un posible mundo futuro. Sé lo que estás pensando, hemos tenido esta misma conversación en 56 veces y jamás conseguí que lo entendieras, tú mismo, incluso, lo reconocerás en una de las últimas entrevistas que concediste, acontecimiento que, por cierto, aprovecho para agradecerte. No es fácil, para ti, compartir sentimientos, de ese tipo, de ese modo. Lamenté, durante algunos fractos, enterarme de ese modo, pero… ¡Mierda! Lo siento. ¡Ya les dije que debían enviar a otra! Él está a punto de llegar y aún debo ofrecerte alguna de las respuestas que necesitas. Sigamos: Sí, esto está pasando realmente. Sí, de lo que ocurra en las próximas dos horas dependerá que nuestras dos realidades existan a lo largo de una tercera. Sí, si lo conseguimos dejaré que me folles. Y sí, capullo, si nuestra empresa fracasa también podrás follarme, antes de que…
    — Espera un segundo.
    — Dime.
    — ¿Él?
    — Sí, Él. Viene a matarte, Dick.
    — Pareces asustada. ¿No sabes lo que va a ocurrir?
    — He testeado un 40% de las posibilidades. Son prácticamente infinitas.
    — ¿Y el resultado?
    — No es alentador.
    — ¿Muero en todas?
    — En todas las que he testeado hasta ahora. Sí.
    — ¿Y si muero terminará…? ¿Esto? ¿Todo?
    — No, pero habrá conseguido una gran ventaja. Ventaja que ha sido decisiva en las anteriores 56 poliocasiones.
    — Poliocasión, me gusta. ¿Él sabe dónde encontrarme?
    — Está documentado que estarías sobre este tejado en el instante en que yo aparecí.
    — ¿Cuando llega Él?
    — Normalmente… déjame hacer unos cálculos. 2 minutos.
    — Pues salgamos de aquí deprisa.
    — ¿Pero…?
    — ¿Qué?
    — Siempre le hemos esperado.
    — Y siempre he muerto, ¿no?
    — Hasta ahora sí, pero…
    — Ahora cállate tú. Y sígueme. —Interrumpí.

    Corría por los tejados lateralmente, a mi lado, sin esfuerzo. Sus piernas parecían capaces de desarrollar la potencia de un gato hidráulico arrastrando el lastre de mi impúdica mirada y se movían con la gracilidad de las de uno de los otros, de los peludos.

    — ¿A dónde vamos?
    — A mi casa.
    — No lo entiendo.
    — Perfecta. Mantén esa expresión.

    Continuará…
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