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  • Hace ya cuatro años que vivimos ahí, en ese pequeño departamento de Cordova, donde mi ventana ha visto crecer a mis hijos.
    En ese lugar Juan Pablo escucha el canto de su amiga luna. Javier descubre la nieve y Alejandro se aferra a su taco, mientras reta a la cámara, que lo interrumpe en su almuerzo.
    Desde ahí el mundo se asoma, y la vida se va igual que las hojas en otoño.
    La ventana cuenta las noches de desvelo y sus paredes descoloridas a golpe de juego y juego.
    Mi ventana, testigo mudo de nevadas, lluvias y tornados, siempre inmóvil, pálida, impasible, pero alcahueta de la vida.
    Luminosa, chismosa, amiga. Juguete de mis hijos, contadora de cuentos, tejedora de sueños y esperanzas perdidas.
    Por eso amo a mi ventana y la quiero igual que a una amiga.
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