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  • Tu credo impracticable inculca un principio letal: la creencia que lo moral y lo práctico son opuestos.

    Desde tu infancia has huido del terror de una elección que nunca te atreviste a identificar completamente: si lo práctico, cualquier cosa que debes practicar para existir, lo que sea que funcione, tenga éxito, logre tu propósito, te traiga comida y placer, te traiga ganancia, es malo; y si lo bueno, lo moral, es lo impráctico, cualquier cosa que falle, destruya, frustre, cualquier cosa que te lastime y te traiga pérdida o dolor -- entonces tu elección es entre ser moral o vivir.

    El obvio resultado de esa doctrina asesina es remover la moralidad de tu vida. Creciste creyendo que las leyes morales no guardan relación al trabajo de vivir, excepto como un impedimento o amenaza, que la existencia del hombre es una jungla sin reglas donde todo se vale y todo funciona. Y si en esa neblina de cambiar definiciones que desciende de una mente congelada has olvidado que los males insultados por tu credo son virtudes requeridas para vivir, has llegado a convencerte que el verdadero mal es el medio práctico de existir.

    Olvidando que el "bien" impráctico era auto sacrificio, crees que el autoestima es impráctica; olvidando que el "mal" práctico es producción, crees que el robo, el descontrol y el vicio es lo práctico.

    Columpiándote como cualquier rama sin esperanza en el viendo de la intemperie moral, no te atreves a ser completamente mala ni a vivir a plenitud.
    Cuando eres honesta, sientes el resentimiento de un tonto, cuando engañas, sientes terror y vergüenza. Cuando eres feliz, tu alegría es diluida por la culpa.
    Cuando sufres, tu dolor es aumentado por el sentimiento de que el dolor es un estado natural.
    Sientes lástima de los hombres que admiras, crees que están destinados a fracasar.
    Envidias los hombres que odias, crees que son maestros de su existencia.
    Te sientes desarmada cuando te enfrentas a un ladrón: crees que el mal tiene las de ganar, dado que la moral es lo impotente, lo impráctico.

    La moralidad para ti es un espantapájaros fantasma hecho de deberes, aburrimiento, castigo, sufrimiento, un cruce genético entre el primer inspector de primaria que tuviste y el contador de impuestos de tu presente. Un espantapájaros parado frente a un campo desolado, agitando un palo para ahuyentar tus placeres-- y el placer, para ti es un maldito cerebro empapado de licor, una puta sin mente, el asombro de un imbécil que apuesta su dinero en un juego de azar, ya que el placer no puede ser algo moral.

    Si te detienes e identificas tu creencia actual, vas a encontrar una triple condena de ti misma, de tu vida, de tus virtudes - en la conclusión repulsiva y grotesca a la que has llegado: tu crees que la moralidad es un mal necesario.
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