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  • La sensación comienza a tomar forma en un minishow cómico de alguna fiesta. Mientras transcurría la historia, alguien rasgaba una cuerda de la guitarra simulando el sonido del serrucho.

    En otros momentos, flashback a la figura de San José en las navidades de la niñez.

    Después, unas tímidas tallas con la navaja en pedazos de la corteza roja del jobo, a orillas del Guayabero.

    En los viajes, ojos atentos a souvenirs de patos, tallas en cocobolo y palosangre, barcos, cucharas...

    Poco a poco se descubre el encanto de sus maquetas: una casa de brujas; la herrería; los hornos en los que se cocinaba la salmuera sacada de las minas para formar grandes bloques de sal que luego se cargaban en carros de bueyes y se iban por los caminos*.

    El proyecto de un arco long bow, aún inconcluso.

    Siempre han llegado los regalos de la producción escalonada -pues el trabajo se hace en la terraza-: patos, agarrabolsas, palitas, cuchillos, cuencos, buhos cuelgallaves, tablas para cortar, aislantes para la mesa... Las superficies cuidadosamente trabajadas permiten realzar las vetas, reflejo de los años y los sucesos.

    Un yoyo de pesca con sus anzuelos pequeñitos para coger sardinas en el caño Yapú.

    Las alas quebradas del Pegaso que ahora puede volver a volar y un colorido caballo de balancín que Miguelache insiste en montar.

    La historia regresa siempre al taller del abuelo como el lugar tranquilo y seguro -descartando por supuesto astillas, cinceles, taladros, escofinas, sierras y esas cosas- en donde se puede jugar bajo el ojo atento del viejo. El lugar masculino equivalente al regazo materno.

    Dos pares de manos maravillosamente entrelazados.



    *Donada hace unos años al museo de Nemocón
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