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  • Estás sola. Como siempre. Y tu hijo se ha puesto enfermo. Todo el plan de la tarde se viene abajo. Con carita del más allá te dice que no le vuelvas a poner panecillos en el almuerzo, que él lo que quiere son comidas sanas. Y te da rabia porque ayer no fue tu noche y fue su padre el que le preparó el lunch. Pero las culpas son para ti. Las culpas y las lágrimas de impotencia. Quieres a alguien al lado, que te coja la mano y te diga que no es nada, que él va a la farmacia y tú te lleves al niño a casa, a darle ese caldito de pollo tan rico que nos preparaste ayer. Pero no. Sólo estás tú. La lluvia. El tráfico y el roedor ese que se ha metido debajo del refrigerador.

    Pero por suerte el caldo está rico y la fiebre, poco a poco, se va.

    Como la tristeza y la soledad.
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