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  • Por la ventana del departamento del piso quinto un despertador todavía sonante salió disparado. Pese al impacto, su mecanismo taiwanes soportó estóicamente el aterrizaje y marcó las seis y un minuto con puntualidad.

    Ezequiel el propietario de la ventana, el reloj taiwanes y algunas otros bienes, se había despertado del mejor sueño de su vida. Entre los recuerdos de algo caliente, el aroma de unos choclos y el angelical sonido de la hacienda, lo único que resaltaba ahora en su memoria era el zumbido del maldito despertador.

    Ezequiel nunca tuvo problemas para levantar cabeza a las cuatro de la mañana. Pero pasada esa hora la pereza podía convertirlo en una bestia. Los horarios de su vida se habían trastocado desde su regreso a la ciudad.

    En Febrero 17 Ezequiel al igual que su tocayo, el profeta bíblico, tuvo que exiliarse a causa de sus visiones.

    Una noche en la hacienda mientras dormía intranquilo se dio la vuelta para buscar la parte fría de la sábana. En ese momento se encontraba soñando en el chancho Polibio un inteligente cerdo de su granja quien le explicaba sobre el funcionamiento de un complicado patrón de ruedas y engranajes.

    Entonces llegó primero como una aguja fría que se clava en el cerebro, un zumbidito. Después por la ventana cuadriculada que daba a un espeso y oscuro bosque, se empezó a filtrar una brillante luz azul. Desde el centro de su cabeza surgió la pregunta de si estaba despierto o dormido. Este pensamiento fué suficiente para ponerle el corazón a mil y recobrar conciencia. El sobresalto lo colocó al borde de la cama. Utilizando las manos como viseras se acercó a la ventana para ver entre los haces de luz a unas siluetas de aspecto animal que corrían desde la luz hacia los lados del bosque. Un instante mas tarde solo silencio y oscuridad.

    El amanecer le encontró en la misma posición. El día entero pasó frente a sus ojos sin que sienta la necesidad de moverse. Durante este tiempo sintió el giro del planeta tierra , el calor del sol y la lógica que tiene el viento.

    Como si fueran nubes en formación nuevas ideas empezaron a nacer en su cabeza. Ezequiel sabía que no eran suyas. Esta sensación finalmente lo sacó de su parálisis. En la cocina comió unas papas con choclo frías se preparó una jarrita de café. Se vistió como cuando va a visitar los páramos pero en lugar de salir de la caza subió al ático su lugar favorito de la casa.

    La primera transmisión clara llegó esa noche. Se encontraba en período de reposo mientras hacía una transición de ganado vacuno a llamas. Los empleados habían recibido un mes de vacaciones con paga. Lo demás estaba a cargo de Nestor, su mano derecha. Nestor se había puesto al frente de la huerta, la chanchera, el gallinero y lo mas importante el sacrificio de todo el ganado. Ya libre de toda responsabilidad Ezequiel podría dedicarse de lleno a su pasión.

    El ático era un cuarto amplio. Sobresalía por los techos de teja de la casa de hacienda como una torre. Por la noche era la única luz visible en muchos kilómetros a la redonda. Sus ventanales antiguos permitían mirar en las cuatro direcciones. Como si se trataran de altares habían fuertes mesones de madera rústica sobre los cuales se encontraban cables, manuales, herramientas para soldar y equipos electrónicos apilados en un orden preciso.

    Ezequiel estaba reclinado contra el espaldar de la silla giratoria. Su mirada perdida en el techo. Por los monitores de sonido solo se escuchaba ruido blanco. La exploración del espectro radioléctrico estaba por concluír. Antes de bajar a descanzar Ezequiel cumplió con el ritual de revisar el sector del polo sur. Estiró sus dedos índices y encendió varios interruptores. El cuarto se llenó de diversos zumbidos. Después con cuidado empezó a manipular los potenciómetros de un aparato verde. En una de las vueltas por la banda que correspondía a las altas latitudes se escuchó la primera y extraña secuencia. Ezequiel se calzó unos audífonos de cuero café y aguzó la mirada para alcanzar máxima precisión en el dial. Sobre el techo de la casa una enorme antena en forma de H giró milimétricamente. Ezequiel encendió una grabadora. Medio minuto después la transmisión desapareció. Ezequiel dió un golpecito de desaliento a la mesa y se quedó mirando fijamente a la nada. Minutos mas tarde volvió a intentar la sintonía esta vez manipulaba un amplificador de señal al mismo tiempo que la radio. La operación era delicada y necesitaba de toda su atención. Entonces fue sorprendido por una sonora explosión y un enorme resplandor. Un impacto de esos que se siente en el estómago. Ezequiel cayó al piso agarrando su cabeza como si fuera un valioso jarrón chino. Todo quedó en silencio por un momento, todo menos un persistente silbido que venía de su propia cabeza.

    Un rayo debía haber caído en la antena de forma de H. No era la primera vez que sucedía. Ezequiel volvió a subrayar la nota mental de ¨comprar para-rayo¨.

    Se inició una fuerte tormenta. El techo piramidal de zinc amplificaba el rebote de las gruesas gotas. Ezequiel hizo con molestia un conteo de daños. El radio de Ezequiel y un par de amplificadores de señal echaban un poquito de humo. Desde la ventana se podía ver a la antena chamuscada. Ezequiel apagaba uno por uno los interruptores de sus equipos y los iba desenchufando de las paredes. Los rayos no vienen solos. Cuando fue el turno de la grabadora de cinta magnética no pudo controlar la tentación de volver a escuchar lo grabado. Reconoció de inmediato el ruido de un patrón sonoro. Regresó al final y manipulando el control de velocidad hizo play en reversa. Una sucesión de números recitados por lo que parecía ser un tipo de animal.

    222232244629420445529739893461909967206666939096499764990979600

    Ezequiel se acomodó en la silla para pensar. Su cara había adquirido una extraña luminosidad. Sabía que el número significaba algo, pero no sabía exactamente que.

    El sonido del ordeño y un objeto que lo empujaba. Su cuerpo se sentía extrañamente pesado. Le costaba levantar el cuello. Un pinchazo y un chasquido le obligaban a caminar hacia adelante. Hacia los lados el movimiento era imposible dos macizos rieles metálicos le obligaban a caminar en línea recta. Su mente estaba aturdida como si recién se hubiera despertado. Otro chasquido y otro pinchazo. Una voz imposible de entender que le gritaba órdenes. Al llegar a la esquina Ezequiel descubrió con terror a la fuente de esos gritos. Parada en sus dos patas traseras, vestida con un overol impermeable amarillo, una vaca repetía violentamente órdenes. Mas adelante otra vaca sostenía unos fríos tubitos de metal que mediante succión los iba conectando a unos apéndices en el cuerpo de Ezequiel. Èl no podía reconocer muy bien como pero se dió cuenta de que lo estaban ordeñando. Junto a él desnudos y con el terror en sus rostros, los otros empleados de la hacienda también eran ordeñados a máquina. Entre el frío y el dolor Ezequiel cerró los ojos con fuerza tratando de despertarse.
    Después de mucho esfuerzo lo logró. Se encontró en una habitación pequeña y mal oliente. Entre los tablones que componían la estructura logró ver un poco de claridad. El piso estaba cubierto de paja caliente. Junto a él se empezaban a mover otras siluetas. De repente y de manera estruendosa escuchó la voz mandona y determinada de Nestor, su hombre de confianza en la hacienda, que gritó : ¡Despierten badulaques! Entonces todos los hombres que trabajaban en la hacienda y que además estaban sentados a su lado empezaron a repetir presos de algún tipo de histeria colectiva: ¡Despierta, holgazán´, despierta miserable vago; despierta sinvergüenza. El escándalo de maldiciones se detuvo cuando la puerta del gallinero se abrió revelando a un enorme gallo que en un lenguage incomprensible les comandó a todos a salir al frío del amanecer. Corriendo en desorden desnudos y descalzos sobre el suelo de tierra huyendo de un par de plumíferos gigantes. Ezequiel sabía que se trataba de otro sueño y empezó a tratar de despertar.

    Cuando abrió los ojos por tercera vez se despertó en un charco de lodo. A su derecha sobre una piedra estaba la cabeza decapitada de nestor y algo de lo que parecía ser su piel. A la izquierda en cambio pudo ver a un enorme chancho Polibio que se alistaba a clavar un filudo cuchillo en la nuca de Luchito, otro de sus trabajadores de la hacienda. Atrás de él otros diez trabajadores desnudos y sucios se acurrucaban aterrorizados a mirar el sangriento espectáculo.

    Otro grito, esta vez de su propia voz fue lo que le despertó. El frió piso de madera crujiente del ático, el zumbido de alguna maquinita electrónica y el amanecer. Ezequiel se incorporó revisando que su cuerpo esté completo. Bajó corriendo las escaleras. En su cuarto juntó algunas pertenencias, un computador portatil y algunos documentos y salió disparado. En el camino hacia el galpón donde guardaba su camioneta se encontró con una gallina que le miró desafiante. Mas allá en la chanchera de Polibio ocho pares de ojos lo miraban con despreció. Tropezó y cayó al lodo mojando los documentos y la computadora que llevaba de manera precaria en sus brazos. Logró llegar a la camioneta tiró todas las cosas en el asiento del copiloto. De manera torpe y atropellada encendió el motor.

    Levantando polvo aceleraba por entre los campos de vacas que se iban acercando a la alambrada para ver amenazantes su cobarde huída.
    Llegando a la curva un sorprendido Nestor casi es atropellado. Sin bajarse del auto Ezequiel gritó a Nestor que se iba a la ciudad.

    Nestor le dijo que llevaría un par de chanchos al camal. Ezequiel le ordenó que no toque nada que suelte a las vacas, a los pollos y que él se comunicaría mas tarde para darle instrucciones.

    En las semanas siguientes Ezequiel no pudo ni siquiera comerse una salchichita. Sentía como si estuviera mordiéndose uno de sus propios dedos. Ni hablar de leche o huevos. Las despensas de su cocina en el departamento del quinto piso estaban llenas de vegetales enlatados, bolsitas de puré instantáneo y cartones de jugo. Todas las cortinas estaban cerradas y se respiraba una atmósfera polvorienta. Rifles cargados estaban listos en los cuatro rincones del departamento. El teléfono estaba en la mesa central de la salita. Ezequiel llamaba cada día para preguntar a Nestor por cada uno de los animales. Había suspendido la alimentación balanceada y prohibido toda manipulación de los animales de su finca. Estas decisiones le habían traído calma y lo mas importante habían disminuído la intensidad y la frecuencia de sus pesadillas.

    El mes de Julio llegó. Ezequiel bajó a la calle para recoger el reloj que había lanzado por la ventana hace una hora. Pasó el siguiente par de horas limpiando su casa. Guardó las armas. Mas tarde llamó a Nestor y le pidió que arregle la casa por que el iba de vuelta.

    El atardecer en las montañas estaba bañado de una luz dorada. La caminoeta se deslizaba con facilidad por los polvorientos caminos que llevaban a su hacienda. Desde la distancia reconoció el sombrero de Nestor sobre la silueta que le esperaba en la entrada. Al acercarse mas se dio cuenta de que Nestor ya no era Nestor y que bajo la sombra del sombrero de Nestor se acobijaba
    el chancho Políbio.
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