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  • No era granizo era hielo lo que llovía, cubitos de refrigerador, bolitas de pinpón, una de ellas me pegó en la morra y me dejó un chipote. El techo de la terminal de autobuses tronaba como que un río se estaba desplomando encima. La Sombrillona de la ñora que vende pan y atole afuera de la Cristóbal Colón estaba desgarrada como falda de hawaiana. Llegué a Sancris en pleno vejigazo, horas antes había estado con la Simona de Amatenango del Valle, le fui a tomar fotos de sus palomas de barro para un encargo de la revista Mundo Maya. En la chachara con la tía y la mamá, Juliana y Ramona, se me fueron las horas entreveradas con unas caguamas de medio día. Cuando tomé la combi o colectivo a San Coleto ya eran como las dos y media. Así que por Rancho Nuevo nos adentramos en un cielo siniestramente rojo y achocolatado, circulando entre ráfagas de viento culeras que empujaba la carcacha colectiva a sarandeadas. En la Curva de los Doctores, por poco nos rompemos la madre pues empezó un aguacero con remolinos de basura y casi nos topeteamos con un pendejo que invadió el carril contrario y nuestro chofer, otro penco, no veía por la cascada que nos caía de arriba, pero la libró al último segundo por un pelo de sapo. Todos brincamos y gritamos y el chamulo conductor se puso blanco como posol sin cacao.

    Cuando pasamos Salsipuedes empezó la metralla de hielo. Poc,pom, poc, caían caniconas sobre el techo, ¡cuash¡ Qué pictes, esos no son granizo, son piedras. El combero se paró enmedio de un embotellamiento y nos corrió a todos del vehículo. "¡Hasta aquí llego¡" gritó, como a una cuadra de la terminal de la Colón, a la cual entré con el agua en los calcetines, todo coscorroneado y empapado. En La avenida Insurgentes se empezó a formar una escena del ártico.La capa de granizo fue creciendo en centímetros y micro icebergs bajaban navegando el cercano y crecido río Amarillo. "Jesús de la Santa Gloria - exclamaba una viejita - mi casa está cerca de La Isla , se va a inundar, San Caralampio protégenos". Media docena de chuchos mojados, calados hasta los huesos, asustados, observaban bajo un alero el brincadero de las chibolas blancas y las toreaban evitando el golpe. Entre la carretera federal y la mentada avenida Insurgentes quedó plantado un nudo de carros sin poder escapar y uno ya flotaba como barco enmedio de los témpanos.
    Alguien de arriba escuchó a las ruquitas que rezaban porque con un par de truenos escalofriantes se fue la lluvia y paró el granizo, tan rápido y de repente como llegó. Y pareciera broma pero empezó a salir el sol. Afuera de nuestra guarida era el Polo sur en San Cristóbal. Esto me pasó hace como 6 años y se acaba de repetir de nuevo otra supergranizada en el 2012. Los dioses del agua hacen cosas raras en San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
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