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  • Crónicas de un país llamado canciones
    (IV)

    En mis sueños era un león, marcado por las batallas, temido y respetado, dueño del tiempo y las estepas, bebiéndome el río en sorbos ansiosos, persiguiendo gacelas para alimentar el mito, reinando en silencio.
    Pero el mundo ha cambiado y para protegerlos intento no pensar en los leones (ni en los sueños). El enemigo se ha colado allí y espera agazapado para llevarlos al circo o a un programa de televisión de las tres de la tarde con un presentador metido en un traje de segunda mano, listo para colgarlos de un gancho. Las cámaras y las luces apuntando directamente. El primer plano midiendo tantos puntos de rating. Los anunciantes peleando por el protagonismo. Oscuras figuras detrás de bambalinas riendo ruidosamente y un panel de imbéciles a sueldo aplaudiendo con gracia.

    * * *
    Ahora mis perros de colores duermen en la alfombra, y sueñan que corren detrás de un hueso del tamaño de un zepelin que flota y avanza rápido a demasiada altura delante de sus narices frías y negras. El sueño de mis perros y éste apestoso mundo son la misma cosa.

    * * *
    Lo peor de todo

    Mi maestro entraba al aula con un cuchillo de carnicero disimulado entre los libros. Nadie lo advertía, pero allí estaba, como de diez centímetros de ancho, afilado, brillando, reluciente. Los niños nunca supieron que el maestro iba a usarlo con ellos. Y los niños nunca comprendieron que la desgracia los buscaba para saciar su hambre. Yo tampoco supe. Yo tampoco comprendí. Así que aquí estamos, una legión de niños decapitados por el maestro, buscando confiar en alguien más que nuestra sombra.
    * * *
    Dos hamsters rusos de acento innombrable se despiertan de madrugada y sin más tiempo para nada, suben a la ruedita y corren unos diez kilómetros. Les alcanza con un poco de agua y un poco de comida para repetir la escena cada día. La carrera de los hamsters y éste apestoso mundo también son la misma cosa.
    * * *
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