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  • No le importó que sus cuncas le dijeran “ideay vos que vas a ganar con esos mochila al hombro que andan rebotando de un lugar a otro con sus camera y sus libretita”. Su mamá le clavó el Pata de Chucho, desde pichi nunca estaba quieto. Ni porque la jefa le escondía la ropa,
    se escapaba a la calle o a los playones, entrusado y envuelto en un periódico.
    No fue sorpresa cuando agarró camino con unos franceses que lo llevaron a la costa, al laberinto de manglares de Acapetahua, en donde una pelirroja de Marsella le quitó lo menso . Dicen que antes de eso ya había perreado en los paisajes sin aliento del volcán Tacaná con un gringo fotógrafo que lo retrató cuando cosechaba sandías a orillas del Santo Domingo. "Traía un baúl con su camaraje, tapizado de calcomanías de todo el mundo, me ofrecí de chalán y nos metimos caminando al fondo del Cañón del Sumidero, mucho antes de la Presa. De ahí fuimos a rebotar hasta Unión Juárez donde puse un pie en Chiapas y el otro en Guatemala".
    El Pata le agarró el modo a los extranjeros, dejó sus cálidas riberas y emigró en los setentas a San Cristóbal para estar cerca del “valle de las nubes y los helados pinos”, como decía La Chayo Castellanos. Empezó a talachear de guía de turista improvisado, pepenando viajeros en el mercado multilingüe, multiétnico, de esa centenaria ciudad. Con su carisma de chiapapinto, labioso, mitómano, acuariano honesto, convencía a los gueros y los llevaba a pasear por los rumbos de Chamula. De repente lo veías comiendo pan compuesto en Comitán de las Flores o en una ceremonia cósmica en Toniná.

    Unos maestros de Toluca, que les costaba pronunciar la i de Chiapas, lo metieron por primera vez a la selva del Lacandón."No me da pena decirlo, primo, que oí a Dios en la penumbra de montaña y me persigné ante la chulada de arboles, gigantes como el campanario de la iglesia de Chiapa. Una noche en el Jataté casi pesco por la cola a un cocodrilo viejazo y estas canas que ves en mi copete son del susto que me dio el tigre al topetearnos frente a frente".

    Tiempo después, en las montañas de los Zoques, con sus pueblos chiquitos pero con templos gigantescos, el Pata se amarró una irlandesa con ojos del color de los lagos de Montebello, que lo llevó a vivir al otro lado del Océano. "Muy bonito, otro mundo, mucho que aprender pero también mucho cielo encapotado, de plano, no me hallé sin mi calorón, mis aguas claras y mucho menos sin mi pozol blanco con chile, sin cochito ni tortillas, pura papa con pescado y frijoles dulces, sin mi chipilín con bolita; eso sí le agarré el gusto al café con guiski, estuve en la caverna de Liverpul y atravesé la calle por donde caminaron los bitles en el disco de odarling. En el primer pleitazo que tuve con la Dóroti salí chispado de aquellos cielos chorreados y no estuve contento hasta que me di dos días de baño de sol en el estero de Boca del Cielo".


    La última vez que saludé al Pata andaba de gestor de unos compas de Ocosingo, que buscaban créditos para crear un centro ecoturístico en el ejido. “Ahí está la paga, dice ahora la jabalinada. Unas cascadas o unas montañas bien cuidadas y administradas pueden dejar más que una cosecha de maíz. Son los mismos compas que se extrañaban porque andaba yo rebotando con los viajeros, los antiguos mochila al hombro, que el tiempo ha convertido en carretadas de autobuses de paseantes. Ora míralos mis paisas, se quedan mudos y ya no saben que hacer para atender al turismo. Yo nací pata de chucho, conocí Chiapas con los caminantes, así aprendí a amarlo y a comprender el porqué los gueros que vienen de tan lejos lo consideran casi el paraíso".

    En memoria de René, Alfonso, Vladimir y todos los Pata de Chucho que se adelantaron en el camino.
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