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  • Alguien ha quitado las cadenas de la valla que separaba el rincón de la nostalgia del mundo real.
    A lo lejos se ve el cielo en primavera y unos pájaros andan por las nubes.
    Me siento importante ante tal inmensidad.
    Después, consciente del instante, de que es efímero, de que anda por las nubes y no vuelve, me hago pequeña. Poco, muy poco a poco.

    Miro el cielo en primavera (hoy está increíble) y veo cómo la noche engulle desde el horizonte. Engullimos el tiempo sin saborearlo.

    Hemos aprendido que somos creadores. Todos.
    Que creamos arte, que creamos emociones, que somos arte y somos emociones.
    También hemos aprendido que estamos hechos de instantes. El instante de aguantar la mirada, de ver que está vacía, de compartir una cerveza, de brindar por lo que viene.

    Hemos comprobado que vivimos de celebraciones.
    Que el reencuentro tras unos cuantos meses de ausencia, una lágrima escapándose al reír o morir de pena, una instantánea del cielo rosa y un plan improvisado… todo son motivos de celebración.

    Hemos visto, oído, palpado y sentido que te atan (te atas) de manos y pies y contemplas cómo se esfuma delante de ti el humo de una hoguera, de un cigarro, de unas brasas mal apagadas.

    Hemos leído tanta teoría...
    Hemos disfrutado tan poco la práctica...

    Después de ver las vallas desaparecidas, el cielo en primavera, un coche alejándose y dando esperanzas huecas, he decidido rendir un homenaje. Voy a celebrar que he creado un instante.

    Vuelvo, como tantas veces, de agotar a quienes parecen tener un saco infinito de consejos y paciencia. Pongo en práctica eso de fijarme más en las cosas, de observar en un balcón pálido entre otros unas macetas llenas de flores de muchos colores. Un anciano se esconde detrás de sus cortinas. Al pasar el edificio, y sumida en el egocentrismo que tanto detesto, el cielo en primavera me sorprende. Sé que estamos en primavera porque lo dijeron en las noticias, y porque "Arrival of the birds" suena en mis auriculares y los pájaros llegan en primavera. El frío cala hondo en mis huesos.

    Surgen de la línea horizontal unas nubes espesas que recuerdan un baño de espuma después de un día cansado. Al sumergirte en el agua desaparece el ruido, y todo lo demás, y vuelves a crear un instante en el que tú eres lo importante. Detrás de ellas (o delante, según cómo se mire) el cielo es del azul de unos vaqueros viejos cada vez más claros y más rotos. Algunos rayos ya se esconden, y lo gritan como si a alguien le importara, dejando a pinceladas mensajes naranjas de alerta. "Me voy, me voy y no vuelvo", pero siempre vuelven al vencer la noche. Me acuerdo de que hace un tiempo pensé en los atardeceres como en transiciones, en la noche como momento vacío y de soledad; en el territorio de los que sueñan. También sentí las estaciones como etapas que sellan a las personas... Como procesos de cambio y renovación. Entre tanta metáfora se me olvidó tocar el frío y hacerme con el cielo.

    En el transcurso de esta reflexión, mientras creo este instante y saboreo lo que alrededor de mí nace, la noche llega lenta y se lleva algunas cosas. No hay luz del sol en nuestro lado del planeta, las nubes son negras y no blancas, los pájaros duermen. Todo tan distinto y tan igual. La valla no está, el coche se ha ido, y aunque mis ojos no lo ven, el cielo es el mismo.

    Cuántas veces olvidamos lo importante. Cuántas. Cuántas veces dejamos pasar los detalles de un cielo cargado y nos sumimos en una realidad ficticia y hueca. Cuántas. Esta celebración, un homenaje a la creatividad que todos escondemos, será también un homenaje a todos aquellos que me crean a mí, cada día. Gracias.

    Sería absurdo dejar una foto del cielo hoy (aunque está increíble). Sería absurdo privarte de crear este instante, de que imagines el cielo más bonito, el tuyo propio. Mejor te dejo un recuerdo, un instante y una pasión, un momento que tuvo sentido porque fue compartido.
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