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  • Nos conocimos un día al atardecer,
    cuando ya te habías marchado de casa,
    y cuando mi mamá determinó no hablarte nunca más.
    De niña sentía tu ausencia pese a que vivías con nosotros,
    pero al final del día te conocí y hablamos por primera vez.
    Necesitamos madurar, un divorcio, distancia y tiempo
    para que padre e hija se pudieran comprender,
    y aunque sabía que me querías a tu manera,
    hoy comprendí tu amor.
    Sandra me contó que cuando niñas un vecino las acosaba a Vero y a ella. Y cómo tú, al saberlo, saltaste como un león que cuida a sus crías y lo enfrentaste.
    "Nunca más nos volvió a decir nada ese hombre. No supe qué le dijo mi papá, pero a partir de ese momento el vecino nos evitó y no nos molesto más", me contó. Yo no lo supe hasta hoy.
    Y hasta hoy comprendí lo mucho que nos querías, a pesar de las pocas cosas que compartimos, y la falta de palabras entre nosotros durante toda una vida.
    Sabes qué, los últimos años, los tiempos que me dedicaste al final, valieron más que toda una niñez y adolescencia sin tí.
    A tu modo y en tu tiempo me quisiste. Con una foto, con una caricia en mi pelo, con un abrazo espontáneo y con contarme algún recuerdo.
    Nos faltó tiempo, pero no amor. Me llamé Magdalena por tí, y por tí, por creer en mí, seguí, y me regocijé con el orgullo que por mí sentiste.

    Te extraño papá panchico. Algún día nos reencontraremos y te diré por primera vez "Papá te amo desde toda la vida y siempre". Y te abrazaré y no te soltaré como hoy esa foto de mi boda perpetua un momento único, invaluable e inborrable entre tú y yo. Dios te bendiga mi compañero eterno. Allá nos vemos.
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