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  • El negro pelo contrasta con la blusa blanca que cae ancha por su cuerpo.
    Parece estar sumida en algo sencillo pero que ocupa toda su cabeza. Qué cosas esas. Distraída o centrada: no es posible saberlo a través del cristal. Tan inmersa está en sus cosas que no encuentra nada en el fondo de su bolso. Y entre cosa y cosa, un traguiño de agua. Y al fin aparecieron los cascos. Deben de ser las horas.

    La nariz puntiaguda cuadra perfectamente en los rasgos de su cara, como si hubiese sido especialmente puesta para esa forma de ser. Es algo en lo que siempre me he fijado; y creo que no soy el único.

    Recuerdo ahora que hace unos días tuvimos una conversación interesante. Una afortunada ella y un afortunado yo.
    Hablamos del tiempo y de las personas. Y de repente escribe algo con boli rojo en su muñeca. Luego os cuento qué es.

    Como por arte de no-magia, el cristal de la seriedad se rompe con una pequeña sonrisa a la luz de un mensaje, pero la blusa y el pelo negro me tapan ahora su cara. Algo está cambiando.
    Qué enriquecedor esto. Seguro estoy que no volveré a ver con los mismos ojos.
    Se recoge el pelo hacia un lado y deja al aire su cuello. Y ahí esta la muñeca pintada aguantando los mechones. Luego investigo más.

    Pero creo que no tengo potestad ni poder para cambiarlo. Porque es increíble como es, como todos. Desde detrás del cristal no podemos saber si hay algo que modificar, porque este cristal es especial. Filtra todo menos lo visible a los ojos y deja a cada uno a su lado. Quizás si rompiésemos el cristal podríamos cambiar muchas cosas. Sin embargo, desde aquí solo se puede ver la muñeca roja. Por desgracia o por suerte. Eso lo decides tú. Otros, muy queridos, ya lo han decidido.

    El boli rojo había escrito en tinta negra: Kalokagathia.
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