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  • El mundo sin la música sería un infierno para mí. Y para disfrutarla, sólo tengo esta vida.

    El arte es alimento para la mente. Engrandece los corazones. Hace más nobles y educadas a las personas. Produce una comunicación casi mágica y bella. (Esto aplica tanto para quienes crean arte como para quienes lo consumen.)

    No puedo pasar un sólo día sin escuchar música. Ella cubre toda mi mente y todo mi cuerpo, y es grande e infinita como el tempestuoso océano.

    ¿Qué sería este mundo sin la música? Un mundo así sería un infierno para mí.

    Sólo esta vida tenemos. Por eso hay que vivir y disfrutarla, cada quien a su manera, pero sin dañar a otros. La felicidad es cada uno de los pasos que damos durante el día y la noche, y también el camino.

    Sólo esta vida tenemos. No hay vida después de la muerte. Sólo tenemos esta vida. Eso de la inmortalidad del alma es un mito.

    Sólo esta vida tenemos.

    Amar lo que hacemos para vivir es la mayor alegría. Amar tu carrera, tu oficio, eso es vida. De ahí provienen la paz y la satisfacción.

    El dinero, como casi todas las cosas, sólo da una felicidad momentánea. Sirve para construir, como también para destruir, según sea usado y entendido. La sabiduría popular dice que «da el que quiere, no el que tiene».

    Pero sé que vos y yo, queremos dar.

    El tener bienes materiales no es malo. Lo malo es que se valore a las personas sólo «con la vara de tenés o no tenés dinero». Yo creo más en ser auténtico y sincero con uno mismo.

    «Be yourself, no matter what they say», dice Sting en su canción.

    Creo en mirar a los demás por lo que son como personas, más allá de su educación, creencias religiosas o posesiones materiales.

    Para la música, para el trabajo, para dar y recibir, sólo esta vida tenemos.

    Escrito por

    Óscar Perdomo León

    Fotografía tomada por

    Óscar Perdomo León

    ***

    NOTA. A cerca del adverbio de modo «sólo», quiero decir algo. Seguiré tildándolo, aun cuando la Real Academia Española (RAE) haya dicho que ya no debe tildarse. Pienso que esa decisión le ha restado belleza escrita a nuestro idioma. Me sorprendí (y decepcioné un poco) al ver, por ejemplo, que el libro de la celebración de los 40 años de «Cien años de soledad» ya venía con el adverbio «solo» sin tilde. Yo no creo saber más que la RAE; pero siento nostalgia de esa tilde cuando leo artículos y libros. Seguir escribiéndola no es un acto de rebeldía, es un acto de solidaridad con mi lengua materna.
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